Críticas y Escritos

Para mí, intentar abarcar con un sentido crítico todo el quehacer de un hombre que se entrega por entero a los caprichos de la creación -y de sus creaciones- sería, cuando menos un eufemismo propio de un neófito pretencioso o un severo ejercicio profesional de ases en estas lides.

Confieso, por tanto, que tal no es mi propósito, sino solo propiciar a quienes decidan acercarse a la vida y la obra de José Antonio Rodríguez Fuster, una especie de guía con algunos elementos y también – es inevitable- algunos argumentos y criterios para transitar por los diversos momentos que conforman su evolución artística y tratar de comprender en esencia su propuesta.

Algunos críticos o especialistas le han señalado por sus maneras aparentemente ingenuas, y hasta le han recriminado no pocas veces por una cierta visión folklorista que han advertido en su obra. Hay quienes incluso advierten un carácter negativo en sus abiertas y conscientes apropiaciones de Picasso, Brancussi y Gauguin. Sin embargo, lo cierto es que durante cuatro décadas, él ha mantenido ese afán de alcanzar desde esa, su manera de hacer, la verdad de la creación, o cuando menos su verdad.

Después de concluir sus estudios en la Escuela Para Instructores de Arte, en 1965, Fuster tuvo la suerte de iniciarse en el Taller de Cerámica de Cubanacán donde junto a artistas de la talla de Alfredo Sosabravo, Julia González, y Reinaldo Calvo, entre otros, llevó la cerámica al nivel de obra de arte y de manifestación reconocida en el que hacer plástico del país.

Sin dudas ha sido ésta la disciplina en la que ha sido mayor su aporte y su impronta, sin embargo, el dibujo, la acuarela, la pintura y hasta el grabado forman parte de su ejercicio creativo. Aún cuando en distintas etapas pueda advertirse la prevalencia de algún soporte sobre otros –determinado en la mayoría de los casos por la no disponibilidad de materiales- no ha significado el abandono, más por el contrario, pareciera que las ideas se complementan y se superan a sí mismas entre unos y otros soportes. Lo importante para él es estar siempre haciendo algo.

Nutrido de la realidad misma, (la nuestra, la cubana) la ha abordado desde sus comienzos con increíble fantasía y espontaneidad, pero sobre todo con la premisa de ser sincero consigo mismo. Sus personajes y sus paisajes, sean rurales o urbanos -que constituyen para muchos la paradoja existencial del autor, quien nació y ha vivido siempre cerca del mar- se confabulan para acudir una y otra vez al conjuro de la creación para cantar sus preocupaciones y sus motivaciones: su interés primordial es el ser humano y las relaciones que establece entre sí y con el medio que le rodea, con las circunstancias en que ha de vivir, pero siempre con ese destello de humor, con el afán de mostrar –por qué no- lo feliz, a pesar de todo, porque de eso también necesitamos.

Cuando se le ve trabajar, privilegio del que he disfrutado, pudiera pensarse que la magia se apodera de su intelecto y se posa en sus manos para dominar lo mismo el barro que los pinceles, como un juego por animar sus especiales visiones. Entonces sus apropiaciones se transmutan a este sustrato insular, vibran con toda su intensidad y surgen ciudades que van más allá de su autor y que invaden incluso su entorno como para reafirmar que existen en un tiempo y un espacio.

Así le he visto, así he sentido su arte. Tal como les he contado ha estado y está Fuster bajo mis ojos.

Teresita Gómez Acosta

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